El auge imparable de los ‘trackers’ en forma de anillo o pulsera plantean la duda de si estamos aprendiendo a escuchar el cuerpo o simplemente hemos encontrado otra forma de obsesionarnos con él. En plena era del tan cacareado lujo silencioso, hay un nuevo símbolo de estatus que no emite destellos, no vibra con las notificaciones de Slack a horas intempestivas de la noche ni exige una pantalla.